Lo primero es encontrar el sitio ideal. Después de innumerables vueltas "cagándote en la calle, el ayuntamiento y la madre que los parió a todos" encuentras aquel hueco estrecho en el cual nunca dejarías tu coche en situaciones normales gracias a que alguien está saliendo. Te planteas millones de veces si cabrás dentro, con el intermitente puesto por si a caso alguien se atreve a quitarte el sitio que te ha costado horas y algo de gasolina.
Entras poco a poco procurando no rallar tu preciado coche y realizas las maniobras necesarias para no molestar.
Finalmente, apagas el motor y marchas con una sonrisa en la cara...

... para acabarte dando cuenta que no has puesto el freno de mano.
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